Blog dedicado a la crítica constructiva y personal de películas de actualidad: cine comercial y de autor.
sábado, 3 de junio de 2017
ALIEN: COVENANT (2017)
En 2012, 33 años después de que la película génesis del xenomorfo por antonomasia, Ridley Scott se aventuraba a resucitar la saga - vendida como "Tiburón, pero en el espacio" en el 'pich' más famoso de la historia - con Prometheus, una precuela ambientada en el año 2093, que sufrió las críticas iracundas de quienes esperaban que el reencuentro engendrase de nuevo una obra maestra que no fue. Demasiada metafísica, demasiado grandilocuente, demasiado lenta. Demasiados demasiado. Visto lo visto, queda claro que a muchos supuestos fans de la saga, o bien esto no le sinteresó lo más mínimo, o bien nunca alcanzarons a entendre que Prometheus no iba sobre los xenomorfos, iba sobre los arquitectos. ¿Una película de "Alien" sin aliens? ... Pero el mundo de los tenaces va más allá y, por esto, Scott lo ha vuelto a intentar un lustro más tarde con ' Alien: Covenant', la secuela de la precuela de 'Alien el octavo pasajero'.
Y la tentativa ha quedado, esta vez, a medio gas entre una y otra. Se ha intentado unir ambas en un punto equidistante, con las virtudes y defectos que ello conlleva. Pero el equilibrio entre contentar a todo el mundo o defraudarlo es frágil. Ha terminado sucumbiendo ante todas las críticas que cosechó Prometheus, las cuales, evidentemente, han condicionado y mucho esta secuela, que ha devuelto de nuevo a la figura del arquitecto al intrascendente papel de artista invitado que desempeñó antaño, para volver a centrarse en lo que se supone demandaba un amplio sector de fans de la saga: los xenomorfos.
La película que comienza con un golpe de efecto, se acerca más en su primera parte al género de acción - terror, propio de los comienzos de la hexalogia. Se recurre a una previsible tensión anticipatoria arquetípica: un grupo de personas que se dirigen a un lugar, pero que a mitad de viaje deciden cambiar de rumbo persiguiendo un un seductor 'canto de sirena', y, ya se sabe que viene después del canto de sirenas... En este caso, disparos, sangre, vísceras y monstruos que persiguen humanos.
'Alien: Covenant' transcurre 10 años después de la desaparición sin dejar rastro de la misión de la doctora Elisabeth Shaw en busca de 'los ingenieros' creadores de la vida en la Tierra. Ahora, en el año 2103 - si no nos engañan los cálculos -, una nueva expedición de más de 2000 colonos atraviesa el Universo en dirección al planeta Origae - 6, en un viaje de más de siete años de duración.
Después de un primer impacto en el que Scott consigue enganchar y no soltar al espectador y que recuerda ligeramente a un 'Parque Jurásico' cualquiera, el problema llega cuando la acción se para en seco y, de nuevo, la cinta vuelve a plantear las mismas reflexiones e inquietudes que 'Prometheus', una decisión subrayada por un vínculo concreto y explícito entre los dos títulos. Si en la anterior entrega de la doctora Shaw se cuestionaba sobre la naturaleza de la relación entre ciencia y religión, la búsqueda de los orígenes y los peligros a los que se enfrenta la humanidad con infusas divinas, en 'Alien: Covenant' se retoman uno tras otro estos mismos interrogantes.
También la pregunta de qué es aquello que caracteriza de forma inherente y exclusiva al ser humano: "el alma", contestaban en la anterior entrega; "la capacidad de crear", responden en esta.Y es precisamente cuando la historia se halla sumida en estas tribulaciones, cuando tiene lugar la secuencia más desconcertante: un momento de máximo existencialismo se empapa de una atmósfera homoerótica que, aunque entendible a nivel alegórico, provoca gran extrañeza.
Otro eco del anterior filme se materializan en el personaje que interpreta Michael Fassbender - Walter, una versión ¿mejorada? del David de la precuela-, que a pesar de su condición de androide es el más carismático de todo el restante reparto humano encabezado por una Waterson más bien apática y rodeada de simple cebo para xenomorfos; y donde se echa mucho de menos la figura de una Ellen Ripley o una Elizabeth Shaw. Con este doble papel de Fassbender, el señor Ridley Scott hace un batiburrillo de Doctor Jekyll y Mr. Hide, la inteligencia artificial, el Creador y sus criaturas, la rebelión de las máquinas, ecos (por llamarlo de alguna manera) de 2001 Una odisea en el espacio y Blade Runner con sus replicantes, aquí sintéticos, y la condición humana.
También se echan en falta algunos efectos especiales por ordenador, que si bien en general cumplen a buen nivel, en lo que se refiere a los alien de toda la vida (aunque sin llegar a los extremos de "Alien 3" o "Alien: Resurrection"), se quedan muy lejos de los resultados obtenidos en las dos primeras partes de la saga, en especial en el "Aliens" de Cameron. El diseño de estos seres es francamente sobrecogedor y atractivo pero su credibilidad es nefasta. A las antigua no les quedaba otra que tirar de maquetas, disfraces y muñecos mecanizados que, aunque limitados, les aportaba un realismo tangible inimitable. Ahora, con el uso y abuso de la tecnología sólo eficiente en el caso de objetos y efectos, los Aliens pierden realidad, si bien es cierto que las criaturas originales parecen estar más cuidadas que los homúnculos blanquecinos translúcidos. Una verdadera lástima porque estos, que ya son bastante imponentes en sí mismos, podrían haber tenido un aspecto terrorífico si hubieran partido de la realidad física, aunque su presentación fue justamente impactante para una franquicia dominada por el Xenoformo. Esta inserción le benefició a la acción porque las secuencias fueron innovadoras.
Hay más pasión en la lucha por la supervivencia entre los dos androides, entre sus dos códigos éticos, que en la de unos patosos humanos frente a esa malformación genética que son unos alienígenas muy lejos de aquel que a punto estuvo de zamparse a la teniente Ripley.
Se agradece cuando el guion huye de la gravedad y apuesta de nuevo por la acción, sobre todo cuando, como en los videojuegos, llega por fin 'la pantalla final' en la que el héroe protagonista se enfrenta al monstruo en un combate a vida o muerte. Aunque hay que tener en cuenta que tiene ciertos matices a refrito de la película original y en comparación con determinados filme, resulta considerablemente simplón. La claustrofobia, que era lo que se sentía, además de un miedo atroz, a bordo del Nostromo, aquí es substituido por otros elementos del cine de terror que no son tan efectivos.
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